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Leisure suit Larry I

El amor todo lo mueve. Uno cree, ingenuamente, que piensa con la cabeza, para descubrir un buen día que el corazón puede llevarnos a donde quiera y que, a veces, son otros órganos los que toman el control.

Sin duda puedo considerarme un hombre afortunado, porque la historia que viví tuvo un final feliz, lo que no suele suceder la mayoría de las veces.

Todo comenzó una tarde primaveral en la que después de darme una refrescante ducha, y tras mirarme al espejo, algo dentro de mí me dijo: "¡Amigo Larry! Hoy tienes el guapo subido, así que no lo dudes: lánzate a la calle y busca a esa chica que espera impaciente que aparezcas en su vida".

Era viernes y, hasta el lunes por la mañana, decidí olvidarme de la oficina y sus problemas, y sumergirme de cabeza en el ambiente nocturno. Me vestí con la misma elegancia con que suelo hacerlo, colocándome mis zapatos de plataforma (que me hacen siete centímetros más alto), y me llevé todo el dinero que tenía (que no era mucho), dispuesto a gastármelo sin reparos.

Las judías con chorizo que había almorzado andaban repitiéndome en mi estómago, por lo que añadí a mi equipaje un spray para refrescar mi aliento. Y sin más, me encaminé a la búsqueda de un bar con algo de ambiente.

SIEMPRE VIENEN BIEN UNAS COPAS PARA ENTRAR EN CALOR

Nadie como los taxistas para saber dónde está el mejor ambiente de una ciudad. El primero que me llevó, me contó al momento cuáles eran los puntos claves de la marcha nocturna. Así que, para ir ambientándome, elegí pasar a tomar unas copas en el Lefty's Bar, una especie de barra americana de dudosa reputación, en la que, de seguro, podría encontrar algún plan.

Aunque me cueste reconocerlo, era un chico con poca experiencia, o dicho más directamente: seguía virgen. Así que siempre sería más práctico ir en busca de profesionales, que andar tonteando con jovencitas inexpertas, que en ningún momento me iban a enseñar nada.

No se puede decir que el ambiente en el bar fuese bueno. Unos cuantos tipos vaciaban vasos sin parar y la única chica a la vista, andaba rodeada de gente con cara de pocos amigos como para pretender poner en uso mis encantos.

Resignado, pedí una copa y antes de tomarla -las judías con chorizo volvieron a recordarme que seguían casi vivas, pero en esta ocasión de una forma tan violenta-, tuve que salir disparado en busca del servicio.

Aunque el lugar olía a demonios, podéis imaginaros el alivio que sentí. Incluso leí algo de la prensa y unas interesantes pintadas en las paredes de aquel cuartucho, entre las que había hasta contraseñas.

Siempre he sido bastante pulcro, así que, sin dudarlo, me acerqué al lavabo y cuando procedía a limpiarme las manos, hice un interesante descubrimiento: alguna mujer se había quitado una sortija para lavarse y la había dejado olvidada. Sin pensarlo, la guardé como amuleto de la suerte y salí al patio en busca de un poco de aire fresco. Tomé de un florero una rosa que olía estupendamente, y casi tropiezo con un pobre borracho que andaba tirado en una esquina y al que no había visto por la urgencia del asunto que tenía que resolver.

En un lenguaje casi ininteligible, me pidió una copa y le dí la que antes había pedido en el bar. Se emocionó con mi gesto, y me hizo un regalo que me pareció inútil, pero que guardé por si acaso.

Lefty me informó que en el piso de arriba encontraría plan seguro, pero no llevaba bastante dinero, así que decidí cambiar de aires. Dicen que la desgracia en amores lleva emparejada la fortuna en el juego, por lo que tomé rumbo al casino.

NO SIEMPRE GANA LA BANCA

El local estaba lleno de gente jugando como locos a las máquinas tragaperras. Tengo que reconocer que la ruleta y otros juegos mayores nunca han sido mi fuerte, así que me dirigí a la primera máquina libre y aposté en ella todas las monedas que llevaba. Un sencillo truco de salvar/recuperar, que por desgracia no puedes usar en el bar de la esquina donde desayunas cada día, me permitió hacerme con unos cuantos de los grandes, con los que poder enfrentar todo un fin de semana de marcha.

En el mismo casino había un cabaret, donde volví a probar suerte. Unas pobres chicas bastante feas y un cómico muy borde contando chistes eran las atracciones de la noche, con todas las mesas vacías. Aguanté un rato y decidí emplear la pasta que había ganado en el bar de Lefty, visitando el piso superior.

Cuando salía del cabaret, encontré en una papelera una tarjeta de la discoteca local, que puse en mi bolsillo para más entrada la noche. Antes de ir al bar, pregunté al taxista dónde podía encontrar "gomas" para hacer la aventura más segura, y me condujo a una tienda "24 horas", donde eran expertos en estos temas.

Aunque no había nadie a la vista, nunca he podido evitar sentir vergüenza cuando pido preservativos, así que comencé a comprar algunas cosas para hacerlo todo un poco más natural. Un cartón de vino barato y una revista sexy me sirvieron de excusa para al ir a pagar y preguntar como el que no quiere la cosa ¿tiene usted "gomas"? El moro que atendía la caja debía tener el doctorado en preservativos, pues me enseñó un surtido tan extenso, que fue difícil elegir. Contento con las compras, salí corriendo a por otro taxi, tropezándome con un pobre vagabundo al que le hacía más falta un trago que un bocata. Le regalé el cartón de vino peleón y se puso tan contento que me dio una navaja, con el cuento de que alguien con tan buen corazón como yo, no podía ir por el mundo sin defensa contra algunas mujeres, a las que había que tratar duro.

EN BUSCA DEL ESTRENO

Sin más demora, pillé el taxi y llegué enseguida al bar de alterne. El rato de meditación trascendental en el retrete me sirvió para poder pasar a la zona reservada, donde un sujeto, con aspecto de gorila chulo me pidió unos cientos de pavos por dejarme subir.

Aunque llevaba dinero, entré con él en una amable conversación sobre programas televisivos, lo que terminó dándome a entender que era una persona de amplio nivel cultural. Subí entonces las escaleras, tras dejar a mi amigo "estudiando", para encontrarme al llegar arriba con una chavala -no mal formada- que me alegró por haber estado en la tienda de compras. Sin preámbulos, me quité la ropa, me coloqué la "goma" y entré de lleno en el asunto.

Aquella primera experiencia me sirvió de algo: comprender que sin amor la cosa no funcionaría. Mientras yo me esforzaba por hacerla feliz, ella mascaba chicle tranquilamente. Cuando se cansó del chicle, encendió un cigarrillo y me demostró que yo le importaba un pimiento.

Salí al balcón a respirar el aire, llevándome una caja de bombones que encontré en la habitación, para endulzar algo el mal trago. En la ventana de al lado vislumbré un pequeño recipiente parecido a una barra de labios, que me parecía interesante, pero al que no podía dar alcance. Y de pronto, el suelo se hundió bajo mis pies y aterricé en un gran cubo de basura, que era como yo me sentía.

Encontré algo entre los despojos que me guardé, y salí rápido del cubo, para evitar que el mal olor impregnara mis ropas.

Tiré los preservativos, sabiendo que no me harían falta, y pensé que en el mundo habría muchas chicas con las que pudiese pasar un buen rato, sin tener que pagar por ello. Un buen sitio para probar suerte parecía la discoteca, así que otro taxi y en marcha de nuevo.

BAILANDO SE ENTIENDE LA GENTE

Siempre he sido un bailón y moverme bajo los focos de colores de una discoteca ha estimulado mis dotes de ligón. De un primer vistazo, fiché a la chica más guapa de las que había a mi llegada. Era una imponente rubia de ojos azules y mirada insinuante, con la que me senté. Al poco rato estábamos bailando, aunque ella no parecía resistir la marcha de mi cuerpo serrano. Se sentó enseguida, argumentando que estaba cansada, y después de brindar al público admirado unos últimos pasos de baile, decidí seguir atacando.

La rubia se llamaba Fawn, y no mostró ningún reparo en contarme que adoraba los regalos, mientras me miraba de arriba a bajo de manera turbadora. Comenzaba a sentirme como una olla de agua puesta al fuego, y le regalé la rosa y los bombones. Aunque se puso contenta, me decía que ambas cosas eran perecederas, y que ella necesitaba algo que siempre le recordase que alguien la quería.

Animado de esta forma, no pude evitar entregarle el anillo de brillantes que encontré en el lavabo. Como de la noche al día, su cara cambió de repente, y se convirtió en una gatita melosa, que me decía sin parar que yo era el hombre de su vida, y que estaba dispuesta a todo con tal de tenerme para siempre a su lado. Al rato, estábamos haciendo planes de boda, y decidimos que ella iría arreglando los trámites, tanto en la capilla que funcionaba día y noche junto al casino, como en el hotel situado encima de este último. Con toda la confianza que me daba mi enamoramiento febril, le di el dinero que me pidió y quedamos en vernos en la capilla.

UNA HERMOSA LUNA DE MIEL

La ceremonia no pudo ser más pobre. Flores de plástico y un sacerdote que a cada instante empinaba el codo, con una horrible marcha nupcial de fondo. No obstante, el ver a Fawn a mi lado me hacía pensar en lo que vendría luego, y por ello lo daba todo por bien empleado.

Terminadas las bendiciones del párroco y pagada la correspondiente factura, mi nueva esposa se marchó al hotel, diciéndome que pasado un rato me dirigiera a la suite nupcial que había reservado. Con impaciencia, esperé unos minutos y luego subí al cuarto piso, donde llamé a la puerta de la suite, fácilmente reconocible.

Algo que se asemejaba a un susurro desde el interior me indicó que pasara, y me encontré una fantástica cama decorada para la ocasión. Comenzamos los arrumacos, achuchones y demás, pero Fawn dijo no encontrarse relajada, y me pidió que comprara champaña.

Cuando me preguntaba cómo conseguirlo a la hora que era, un oportuno anuncio, a través de la radio, me dio la clave. Salí a buscar un teléfono, hice el encargo y volví lo más aprisa que pude.

A mi vuelta, ya había llegado la botella, y tomamos unas copas que me supieron a gloria. Luego, mi chica me propuso un número especial, algo que le gustaba mucho a los hombres, según ella, y yo me dejé llevar, para terminar de una forma inesperada: atado a la cama, y contemplando cómo me vaciaban la cartera y todo el dinero que llevaba suelto.

Aunque parecía un mal sueño, resultaba ser verdad, y la chica que estaba despertando todo mi amor, no era más que una buscona que desde el principio pretendió engañarme.

Resignado, corté como pude mis ataduras y me fui con tristeza de la habitación, llevándome como recuerdo el lazo. Por suerte había guardado en un bolsillo unos dólares que me permitieron recuperarme económicamente después de un rato en las máquinas tragaperras.

Decidí pagar mi rabia con las mujeres, visitando de nuevo el bar de alterne, donde al menos pude exigir pagando. Al salir del casino, encontré a un pobre desgraciado que lo ha perdido todo y se dedicaba a la venta de fruta. Me compadecí de él y le compré una manzana.

Cuando llegué a la habitación, el hecho de no llevar condones y lo tétrico del lugar me hizo escapar huyendo por la ventana. Desde ella, volví a ver el extraño bote en la ventana de al lado, y decidí cogerlo, atándome al balcón para mi seguridad.

Era una especie de barra de labios, con unas píldoras dentro, de las que ignoraba la utilidad, así que las guardé y continué mi deambular por una noche que me parecía cada vez más negra, más oscura y más tenebrosa.

Fui de nuevo al hotel, con la esperanza de que mi querida esposa se hubiera arrepentido, pero la suite estaba vacía y mi desesperación iba en aumento.

UN INTENTO DE SUICIDIO, QUE ACABA EN LA CAMA

Un extraño impulso me llevó hasta el último piso del edificio, buscando una azotea desde la que verlo todo un poco más claro y mucho más alto. Al bajarme en el octavo piso, el corazón me dio un vuelco de muerte: Una hermosa pelirroja de ojos verdes como el mar hacía guardia en un pequeño mostrador, junto a la entrada de un pequeño ascensor privado que daba seguramente al ático.

Parecía una buena chica, por lo menos a primera vista y comencé a hablar con ella, buscando borrar mis negros pensamientos de aquella noche tan desastrosa. Se llamaba Faith, que en inglés significa Fe, y no parecía tener muchas ganas de charla. En mi torpeza, creí que algún regalo la predispondría en mi favor, pero no me quedaba nada que darle, salvo esa extraña barra de labios. Así que, tenía que arriesgarme. Se la entregué, y vi cómo su cara cambiaba de inmediato.

Abrió el pequeño bote e ingirió una por una las píldoras. Luego, comenzó a ponerse muy extraña y a murmurar frases que denotaban que estaba excitándose a un ritmo de vértigo, por lo que comprendí que había tomado una fuerte dosis de afrodisíacos.

De repente, salió como perseguida por un diablo, mientras me contaba que iba a buscar a su novio para darle un recado urgente, del que me hice una remota idea.

Con el campo libre, abrí la puerta del pequeño ascensor y subí a lo que creí era la azoteza. Para mi sorpresa, me encontré en un ático muy bien decorado, donde parecía respirarse un extraño clima de relajación.

Busqué por las habitaciones sin encontrar a nadie, llegando al dormitorio que también estaba vacío. En un armario encontré una muñeca hinchable que, a esas alturas, ya me parecía la única mujer que no me daría ningún tipo de problemas, e intenté hincharla.

Entonces, al sacarla del armario, un clavo de la puerta le desgarró el tejido y salió disparada como un cohete a reacción hacia la terraza.

Corrí detrás de ella todo lo que mis piernas dieron de sí, para quedarme traspuesto con lo que me encontré: Una hermosa morenaza sumergida en un baño de burbujas, sobre el que vertía una cascada de agua tibia. Parecía que, por fin, la suerte estaba de mi lado, así que inicié la charla, aún con bastantes dudas sobre el resultado de la misma. La chica era muy simpática y me invitó a acompañarla en el baño.

Se llamaba Eva, como la compañera del primer hombre que pisó la tierra, y un rato de conversación tranquila y relajada y uno de los objetos que llevaba conmigo, consiguieron que me sintiera Adán al menos por un momento.

Como ya supondréis, todo terminó en el dormitorio, con un rato tan especial y maravilloso, que despejó de una vez todas mis dudas sobre el género femenino, y consiguió hacerme alcanzar la felicidad que andaba buscando durante toda la noche.

Dicen que no hay mal que por bien no venga -¡eso dicen!-, y el largo y durísimo camino que tuve que recorrer hasta encontrar a mi mujer ideal, me hace ahora apreciar en lo que vale la suerte que tengo al compartir mi vida con alguien tan maravilloso y especial como Eva.

Espero que todos tengáis la misma suerte amigos. Sin intentarlo nada se consigue. Así que, ya sabéis, duro con ello.

 

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