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Portada - La evolución - La ciencia y la religión

La ciencia y la religión


      Durante el
siglo XVIII, se recogieron en Europa más restos de dinosaurios, pero despertaron escaso interés. Los naturalistas habían dirigido su atención hacia los restos más espectaculares de animales gigantescos del Pleistoceno; los mamuts, mastodontes, perezosos terrícolas gigantes y otras formas procedentes de las edades de hielo, correspondientes al último millón de años aproximadamente. En muchos casos, estos restos se excavaron con facilidad, porque se encontraban entre piedras sueltas y blandas, o directamente en cavernas, y con frecuencia estaban muy completos. En la segunda mitad del siglo XVII se desató un debate importante; ¿correspondían estos restos a animales extintos, o todavía existían criaturas tan enormes en regiones inexploradas del mundo, como Australia, el Asia central o Sudamérica? El argumento estaba vinculado a numerosas cuestiones científicas y teológicas muy complejas, y resultó fundamental para varios temas que inquietaban en ese momento.

 

      La cuestión clave era cómo conciliar la Biblia con la ciencia. ¿Había que entender la Biblia en sentido literal, o había que tomarla como una alegoría de la historia de la Tierra? En 1.650, James Ussher, arzobispo de Armagh y primado de Irlanda, calculó la fecha exacta de la creación de la Tierra, el 23 de octubre del año 4.004 antes de Cristo. Sus estimaciones se basaban en las edades de los patriarcas y en otras pruebas textuales tomadas de la Biblia. John Lightfoot, eminente helenista y vicerrector de la Universidad de Cambridge, había llegado a una fecha algo posterior en sus cálculos, realizados en 1.644, el año 3.928, incluso mencionó la hora, las nueve de la mañana del 17 de septiembre. La fecha de Ussher llegó a darse por nueva, e incluso se imprimió en las notas marginales de las Biblias inglesas, a partir de 1.701. ¿Aceptarían esa fecha los naturalistas del siglo XVIII?

     

Las pruebas científicas de que la tierra tenía mucha más de 6.000 años se acumulaban continuamente, aunque la mayoría de los naturalistas se mostraban reacios a socavar las bases bíblicas de la sociedad, oponiéndose no obstante con firmeza a una interpretación literalmente estricta de los acontecimientos. Entre las pruebas se incluyen el problema de imaginar cómo habrían cabido en el Arca todas las especies vivas de animales y plantas, pues en esa época se descubrían con gran frecuencia especies nuevas, de comprender como se habría formado la compleja geología superficial de la Tierra en tan poco tiempo, y de explicar la cantidad creciente de plantas y animales extintos que salían a luz.

 

Las pruebas geológicas parecían abrumadoras. Los geólogos, como James Hutton, un granjero y naturalista aficionado de origen escocés, observaban los ciclos de la naturaleza, según los cuales enormes montañas se erguían poco a poco para erosionarse después. Hutton veía las altas colinas escocesas cuya parte superior era erosionada por la lluvia, las heladas y el viento; de qué manera los fragmentos de roca eran arrastrados por los arroyos, de allí a los grandes ríos, y por último al mar, donde se depositaban en forma de sedimentos de arena hasta que se convertían en pierda arenisca sedimentaria. Veía piedras con gruesas capas de arenisca y sostenía que tendrían que haberse formado a lo largo de extensos períodos, por los mismos procesos que conocemos en la actualidad. Era su principio del uniformismo, que afirmaba que en el pasado habrían funcionado los mismos tipos y escalas de procesos que se producen en la actualidad. Pero semejante noción exigía períodos prolongados en la historia de la Tierra.

     
 

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