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Portada - La evolución - Los dinosaurios entran en escena

Los dinosaurios entran en escena


      En la década de 1.820, se describieron por primera vez los dinosaurios, a partir de sus fósiles. Ya no se hablaba de elefantes ni de humanos gigantescos, como en los escritos de Plot y de otros naturalistas anteriores. Se podía determinar, por ejemplo, si los huesos fósiles pertenecían a los períodos Jurásico o Cretácico de la era geológica, según las cochinillas, las plantas y los peces fósiles que se asociaran con ellos. De inmediato se les reconoció como restos de animales extintos. En las minas de pizarra de Stonesfiled, en el condado de Oxford, se excavaron algunos huesos de un enorme reptil carnívoro, que se enviaron al reverendo profesor William Buckland alrededor del año 1.820. Buckland acumuló restos suficientes para determinar que se trataba de un animal carnívoro y de un reptil, y en
1.824 le dio el nombre de Megalosaurus, que quiere decir lagarto gigante; por tanto fue éste el primer dinosaurio que recibió un nombre científico, dejando de lado al Scrotum, claro está. Un año después, un médico general de Sussex, aficionado a la geología, Gideon Mantell, dio nombre al Iguanodon, tomando como base unos pocos dientes que había encontrado su esposa y algunos huesos de las extremidades que se habían extraído de areniscas y arcillas de origen Cretácico, en una cantera de Cuckfield, en Sussex. Tanto Buckland como Mantell interpretaron que sus descubrimientos eran restos de lagartos gigantescos y trataron de reconstruir la totalidad del animal en función de esta idea: extremidades delgadas y abiertas, un cuerpo largo y estrecho y una cola muy larga. No nos sorprende que sus cálculos sobre el tamaño dieran cifras espectaculares: Mantell estimaba, en un momento dado, que el Iguanodon podía  haber medido treinta o más metros de largo. Los cálculos actuales, a partir de esqueletos completos, se aproximan a los diez metros, aunque también hay dinosaurios de mucho más de 30 metros.

 

      Varios dinosaurios más fueron bautizados durante la década de 1.830, procedentes de Inglaterra y Alemania. Para la mayoría de los naturalistas seguían siendo lagartos gigantes y exóticos, y nada más. Se encomendó a Richard Owen, un anatomista y paleontólogo brillante, la tarea de investigar todo lo que se supiera sobre reptiles fósiles. En 1.841, Owen presentó su informe ante la British Association for the Advancement of Science, o Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, en una disertación que duró alrededor de tres horas.

 

En relación con el Megalosaurus, el Iguanodon y los demás lagartos gigantes, llegó a la siguiente conclusión: La combinación de estas características, algunas de las cuales, como las sacras, corresponden exclusivamente a los reptiles, y otras se han tomado, por así decirlo, de otros grupos que en  la actualidad se diferencian entre sí, y manifestadas todas ellas en unas criaturas que exceden ampliamente el tamaño de los reptiles actuales más grandes, se considerará motivo suficiente para establecer un grupo o suborden diferenciado de reptiles saurios, para los cuales propondría el nombre de dinosaurios.

 

      Con estas palabras nacieron los dinosaurios o lagartos terribles. Fue necesario un salto brillante de esta naturaleza para que los paleontólogos reconocieran a los dinosaurios como lo que eran: no lagartos gigantes, ni monstruos extraños de tamaño exagerado, sino un grupo de animales bien diferenciado, que había sido bastante próspero, pero que carecían de semejantes en la actualidad. En su disertación, Owen procedía a afirmar que los dinosaurios eran animales inmensos, más similares en sus adaptaciones a los elefantes y los rinocerontes que a los lagartos modernos. No quería decir que estuvieran relacionados con estos mamíferos en un sentido evolutivo, sino que presentaban adaptaciones similares, en cuanto a fisiología y locomoción, a las que se pueden apreciar en los grandes animales modernos.

     

Owen también trataba de defender otro punto que en la actualidad ha quedado olvidado. Uno de sus motivos fundamentales para defender un punto de vista aparentemente moderno de los dinosaurios, que presentaban muchas características de la biología de los mamíferos avanzados, era sugerir que los reptiles modernos son restos degenerados de un grupo que alguna vez fue importante. Estaba en desacuerdo con la creencia de la época, el progresismo, según el cual la vida ha ido pasando de organismos sencillos a complejos a lo largo del tiempo. Al defender la degeneración de los reptiles con el transcurso del tiempo, tenía la esperanza de oponerse a la convicción de que la vida había progresado.

     

La idea del progresismo no implicaba necesariamente una evolución, a pesar de que muchos lo planteaban de esta manera. La naturaleza progresiva del registro fósil se podía explicar como una sucesión de creaciones divinas, cada una de las cuales llegaba a su fin debido a una inundación o a alguna otra catástrofe. No obstante, en esa época se hablaba mucho de la evolución, siguiendo los escritos avanzados de esclarecidos naturalistas franceses del siglo XVIII, como Buffon y Lamarck. Pero todavía no se había propuesto ningún mecanismo satisfactorio para el proceso evolutivo.

     
 

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